Reducción de Estrés Basado en la Atención Plena
Biblioteca y Ligas Importantes

Fragmentos para inspirar la práctica de la meditación.


Pensamientos de Matthieu Ricard

“Cuando estamos absortos por completo en nosotros mismos, somos vulnerables y caemos fácilmente presa del desasosiego, la impotencia y la angustia. Pero cuando por compasión, experimentamos un poderosos sentimiento de empatía frente a los sufrimientos de los demás, la resignación impotente deja paso al valor, la depresión al amor, la estrechez mental a una apertura hacia todos los que nos rodean”



“Mirando hacia el exterior, solidificamos el mundo al proyectar sobre él unos atributos que no le son inherentes. Mirando hacia el interior, paralizamos la corriente de la conciencia al imaginar un yo que destaca entre un pasado que ha dejado de existir y un futuro que no existe todavía”



Cuando menos influido se esté por el sentimiento de la importancia de uno mismo, más fácil resulta adquirir una fuerza interior duradera. La razón es sencilla: el sentimiento de la importancia de uno mismo constituye un blanco expuesto a toda clase de proyectiles mentales – celos, miedo, avidez, repulsión – que no cesan de desestabilizarlo.



La diferencia entre el sabio y el ser corriente es que el primero puede manifestarle un amor incondicional al que sufre y hacer todo lo que está en su mano para atenuar el dolor, sin que su propia visión de la existencia se tambalee. Lo esencial es estar disponible para los demás, sin por ello caer en la desesperación cuando los acontecimientos materiales de la vida y de la muerte siguen su curso.



La invulnerabilidad respecto a las circunstancias exteriores, nacida de la libertad interior se convierte en nuestra armadura en la batalla contra el sufrimiento de los demás.



Una vez que nos hemos adentrado en una vía espiritual y que la practicamos con perseverancia, lo que de verdad cuenta es percatarse, al cabo de algunos meses o de unos años, de que nada es ya como antes, y sobre todo, de que nos hemos vuelto incapaces de perjudicar, a sabiendas, a los demás.



No existe un método único, un solo remedio o un solo alimento para avanzar sin obstáculos hacia la liberación del sufrimiento.
La diversidad de los medios refleja la diversidad de los seres. Cada cual se pone en marcha a partir del punto en que se encuentra, con una naturaleza, unas disposiciones personales, una arquitectura intelectual, unas creencias diferentes,…Y cada cual puede encontrar un método que se adapte a él o ella para trabajar sobre el pensamiento y liberase progresivamente del yugo de las emociones perjudiciales, antes de percibir finalmente la naturaleza última de la mente.



El conocimiento, el amor, la compasión y la felicidad de los que goza el sabio, no han surgido de la nada, como una flor que brotara en medio del cielo. “Sería un error”, decía Aristóteles dejar en manos del azar lo más grande y lo más bello de la existencia.



El objetivo de la meditación no es hacer de la mente un buen alumno que se aburre, sino que se volverá flexible, maleable, fuerte, lúcida, vigilante, en resumen, convertirla en un instrumento de transformación interior mejor, en lugar de abandonarla a su suerte de niño mimado que se muestra reacio a aprender.



La meditación difiere de la simple reflexión intelectual en que implica una experiencia repetida del mismo analista introspectivo, del mismo esfuerzo de transformación, o de la misma contemplación. No se trata de experimentar un simple destello de comprensión sino de acceder a una nueva percepción de la realidad y de la naturaleza de la mente, de desarrollar nuevas cualidades hasta que estas formen parte integrante de nuestro ser. La meditación más que empuje intelectual requiere determinación, humildad, sinceridad y paciencia.



Un eremita no se dedica a la contemplación porque no se le haya ocurrido otra cosa que hacer ni porque haya sido rechazado por la sociedad, se consagra a dilucidar los mecanismos de la felicidad y del sufrimiento con la idea de que no solo podrá extraer de ellos un bien para si mismo, sino sobre todo hacer que se beneficien los demás.



El hastío de la vida es fruto de una ignorancia total o de un desprecio de nuestra riqueza interior. De una negativa a mirarse a uno mismo y a comprender que cultivando la serenidad para uno mismo y la bondad con los demás es como podemos respirar oxigeno, que es la alegría de vivir.



La mayor parte de las veces no son los acontecimientos exteriores, sino nuestra propia mente y sus emociones negativas las que nos incapacitan para preservar la paz interior y hacer que nos hundamos.



La verdadera renuncia se asemeja más al vuelo de un pájaro por el cielo cuando desaparecen los barrotes de su jaula. De repente, las interminables preocupaciones que oprimían la mente se desvanecen y dejan que el potencial de libertad interior se exprese abiertamente.



La renuncia no consiste, en privarse de lo que nos proporciona alegría y felicidad –eso sería absurdo-, sino en poner fin a lo que nos causa innumerables e incesantes tormentos. Es tener valor para liberarse de toda dependencia relacionada con las propias causas del malestar. Es decidir “salir del agujero”; un deseo que sólo puede nacer de la observación atenta de lo que sucede dentro de nosotros en la vida cotidiana.



Renunciar es tener la audacia y la inteligencia de examinar lo que solemos considerar placeres y de comprobar si realmente aportan más bienestar. El que renuncia no es un masoquista que considera malo todo lo que es bueno. ¿Quién aceptaría semejante necedad? Es aquel que se ha tomado tiempo para mirar en su interior y ha constatado que algunos aspectos de su vida no merecían que se aferrara a ellos.



Conformarse con eliminar la tristeza y la ansiedad no garantiza de forma automática la alegría y la felicidad. La supresión de un dolor no conduce forzosamente al placer. En consecuencia, no sólo es necesario erradicar las emociones negativas sino también desarrollar las emociones positivas.



Disolver el apego mental a la realidad del yo es algo que va acompañado de una aniquilación, pero lo que se aniquila es el orgullo, la vanidad, la obsesión, la susceptibilidad, la animosidad. Y esta disolución deja el campo libre a la bondad, la humildad y al altruismo. Al dejar de querer y de proteger al yo se adquiere una visión mucho más amplia y profunda del mundo.



El amor entre el hombre y la mujer, el amor hacia nuestros familiares y amigos, es a menudo posesivo, exclusivo, limitado, y contiene sentimientos egoístas. Se espera recibir al menos tanto como se da. Un amor semejante puede parecer profundo, pero se desvanece fácilmente si deja de responder a nuestras expectativas. Además, el amor que sentimos por nuestros familiares va acompañado muchas veces de un sentimiento de distancia, e incluso de animosidad, contra los “extraños”, contra quienes pueden constituir una amenaza para nosotros y aquellos a quienes amamos. El verdadero amor y la verdadera compasión pueden hacerse extensivos a nuestros enemigos, mientras que el amor y la compasión que van unidos al apego no pueden incluir a nadie a quien consideremos enemigo.



En el budismo se habla de tres formas de pereza. La primera consiste simplemente en pasar el tiempo comiendo y durmiendo. La segunda en decirse: “Alguien como yo no llegará a perfeccionarse nunca”. En el caso del budismo, esta pereza nos lleva a pensar: “Es inútil intentarlo, jamás conseguiré la realización espiritual”. El desánimo nos hace preferir no empezar a hacer esfuerzos. Y la tercera, la más interesante en nuestro caso, consiste en agotar la propia vida en tareas de importancia secundaria sin abordar nunca lo esencial. Pasamos nuestro tiempo intentando resolver problemas menores que se encadenan sin fin como las ondas en la superficie de un lago. Nos decimos: “Cuando haya terminado tal o cual proyecto, me dedicaré a darle un sentido a mi existencia.”



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