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Fragmentos para inspirar la práctica de la meditación.
Pensamientos de Edgar Morin
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| Todo conocimiento y (consciencia) que no puede concebir la individualidad, la subjetividad, que no puede incluir al observador, es imperfecto para pensar todos los problemas, sobre todo los problemas éticos. Puede ser eficaz para la dominación de los objetos materiales, el control de las energías y las manipulaciones de lo viviente. Pero se ha vuelto miope para aprehender las realidades humanas y se convierte en una amenaza para el futuro humano.
| | | Hemos adquirido conocimiento sin precedentes sobre el mundo físico, biológico, psicológico, sociológico. La ciencia ha hecho reinar, cada vez más, a los métodos de verificación empírica y lógica. Mitos y tinieblas parecen ser rechazados a los bajos fondos del espíritu por la luces de la razón. Y, sin embargo, el error, la ignorancia, la ceguera, progresan, por todas partes, al mismo tiempo que nuestros conocimientos.
Nos es necesaria una toma de conciencia radical.
| | | Toda crisis es un incremento de las incertidumbres. La predictibilidad disminuye. Los desordenes se vuelven amenazadores. Los antagonismos inhiben a las complementariedades, los conflictos virtuales se actualizan. Las regulaciones fallan o se desarticulan. Es necesario, a menudo, abandonar las soluciones que solucionaban las viejas crisis y elaborar soluciones novedosas.
| | | La noción de estrategia se opone a la de programa.
Un programa es una secuencia de acciones predeterminadas que debe funcionar en circunstancias que permiten el logro de los objetivos. Si las circunstancias exteriores no son favorables, el programa se detiene o falla. La estrategia elabora uno o varios escenarios posibles. Desde el comienzo se prepara, si sucede algo nuevo o inesperado, a integrarlo para modificar o enriquecer su acción.
| | | La ventaja del programa es, evidentemente, la gran economía: no hace falta reflexionar, todo se hace mediante automatismos. Una estrategia, por el contrario, se determina teniendo en cuenta una situación aleatoria, elementos adversos e incluso adversarios, y está destinada a modificarse en función de las informaciones provistas durante el proceso, puede así tener una gran plasticidad. Pero una estrategia, para ser llevada a cabo por una organización, necesita entonces, que la organización no sea concebida para obedecer a la programación, sino que sea capaz de tratar a los elementos capaces de contribuir a la elaboración y al desarrollo de la estrategia.
| | | El orden. Es todo aquello que es repetición, constancia, invariabilidad, todo aquello que puede ser puesto bajo la égida de una relación altamente probable, encuadrado bajo la dependencia de una ley.
El desorden. Es todo aquello que es irregularidad, desviación con respecto a una estructura dada, elemento aleatorio, imprevisible. En un universo de orden puro, no habría innovación, creación, evolución. No habría existencia viviente ni humana.
Del mismo modo, ninguna existencia sería posible en el puro desorden, porque no habría ningún elemento de estabilidad sobre el cual fundar una organización.
Las organizaciones tienen necesidad de orden y de desorden. En un universo en el cual los sistemas sufren el desorden al desintegrarse, su organización les permite reconducir, captar y utilizar el desorden.
| | | Toda organización, como todo fenómeno físico, organizacional y, viviente, tiende a degradarse y a degenerar. El fenómeno de la desintegración y de la decadencia es un fenómeno normal. Dicho de otro modo, lo normal no es que las cosas duren, como tales, eso sería, por el contrario inquietante. No hay ninguna receta de equilibrio. La única manera de luchar contra la degeneración está en la regeneración permanente, dicho de otro modo, en la aptitud del conjunto de la organización de regenerarse y reorganizarse frente a todos los procesos de desintegración.
| | | En el momento en que un individuo emprende una acción cualesquiera que fuere, ésta comienza a escapar a sus intenciones. Esa acción entra en un universo de interacciones y es finalmente el ambiente el que toma posesión, en un sentido que puede volverse contrario a la intención inicial. A menudo la acción se volverá como un boomerang sobre nuestras cabezas. Esto nos obliga a seguir la acción a tratar de corregirla – si todavía hay tiempo – y tal vez a torpedearla, como hacen los responsables de la NASA que, si un misil se desvía de su trayectoria, le envía otro misil para hacerlo explotar.
| | | Puesto que las consecuencias de una acción justa son inciertas, la apuesta ética, lejos de renunciar a la acción por miedo a sus consecuencias, asume esa incertidumbre, reconoce sus riesgos, elabora una estrategia.
| | | La indignación sin reflexión ni racionalidad conduce a la descalificación del prójimo. La indignación se cubre totalmente de moral, cuando a menudo no es más que una máscara de cólera inmoral.
| | | La moralina de reducción reduce al prójimo a lo que tenga de más bajo, a los actos malos que ha realizado, a sus antiguas ideas nocivas, y le condena totalmente. Es olvidar que estos actos o ideas sólo conciernen a una parte de su vida, que después ha podido evolucionar, arrepentirse incluso. Como decía Hegel, “el pensamiento abstracto no ve en el asesino nada más esta cualidad abstracta (sacada fuera de su contexto) y (destruye) en él, con la ayuda de esta sola cualidad, todo el resto de su humanidad. Considerar fascista de por vida a quien ha sido fascista en su juventud, estaliniano de por vida a quien ha sido estaliniano, canalla de por vida a quien ha cometido una vileza, eso es moralina”.
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